Erase
una vez un vaquero que se llamaba Dillon. Dillon tenía muchos problemas
porque le olían muy feo los pies y por las noches sus botas salían
huyendo para que no las encontrara por la mañana
Y así, todas las mañanas Dillon tenía que levantarse muy temprano a buscar sus botas para poder irse a trabajar. Sin embargo, esa noche Dillon tenía un plan....
Al
levantarse las botas habían desaparecido, pero a diferencia de otros
días en vez de ir a buscarlas sacó una caja de abajo de la cama. Esta
contenía un par de tenis de lona nuevecitos, mismos que se puso Dillon
para ir a trabajar.
Los
compañero de Dillon todos eran vaqueros muy rudos y casi se mueren de
la risa al verlo llegar al corral a arrear el ganado en tenis. Sin
embargo Dillon era un vaquero muy seguro de si mismo y no le importó
gran cosa. Se subió a su caballo, sonrió contento por sus tenis nuevos y
se dispuso a llevar el ganado a pastar.
Mientras
tanto las botas esa vez habían huído tan lejos como habían podido
auxiliadas por el duende patas de bolillo, que siempre estaba dispuesto a
ser partícipe de cualquier travesura. Anduvieron todo el día por la
orilla del río y cuando llegó la noche ya se encontraban bastante lejos
de la casa. Se siente bien estar lejos de esos pies apestosos dijeron y se dispusieron a disfrutar de su recién adquirida libertad.
Los
días pasaron y las botas se sentían muy felices de estar lejos de
Dillon. Al principio el olor empezó a desaparecer, pero con el paso de
los días y al estar a la intemperie, las botas se dieron cuenta de algo
terrible. Por la humedad, el lodo y la falta de limpieza, ahora eran
ellas las que olían mal, muy pero muy mal. Y día a día el olor se
acentuaba y las noches cada vez eran más frías. Hasta que ya no pudieron
más y decidieron regresar. Cansadas y batallando para dar cada paso
dispusieron quedarse a dormir a los pies de un gran árbol.
Al
día siguiente por la mañana las despertaron el ruido de unos caballos.
Imagínense el gusto de las botas cuando vieron pasar a Dillon montado en
su caballo, un rayo de esperanza iluminó su corazón. Sin embargo Dillon
ni siquiera volteó hacia abajo cuando les pasó por enfrente, y las
botas sintieron morirse cuando vieron los tenis blancos nuevecitos.
Empezaron
a llorar despacito y sus lagrimas se confundían con las gotitas de la
llovizna fresca que estaba cayendo en ese momento. Al fin se quedaron
dormidas de nuevo por el cansancio y la tristeza. El duende patas de
bolillo que había visto toda la escena se esperó a que estuvieran
profundamente dormidas, las tomó y las llevó de vuelta al cuarto de
Dillon y las dejó a un lado de la cama.
Dillon
regresó de trabajar y venía muy contento, porque hacía algunos días
había conocido a Dorothy, una muchacha muy simpática e inteligente y esa
noche iban a salir a cenar. Entró a su cuarto a recoger su ropa para
bañarse cuando vio sus viejas botas, sonrió y a pesar de estar un poco
apurado, decidió que lo correcto era darles la bienvenida y tomó un
trapo y grasa para zapatos y se puso a lustrarlas tarareando una canción
muy contento. Las botas se despertaron cuando sintieron los primeros
trapazos y también se pusieron muy felices de estar de nuevo en casa.
Nunca
más se les ocurrió escapar y todos los días estaban listas para irse a
trabajar. Pero para su buena suerte meses después Dorothy y Dillon se
casaron, y ella lo obligaba a bañarse diario y ponerse talco en los
pies, así que ahora su vida era perfecta!
No comments:
Post a Comment